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Escuchan como se oye llover o como las comadres que van a misa a dormirse en el sermón y a criticar a la vecindad al concluir la bendición, no sin antes golpearse el pecho, con entusiasmo casi lascivo, y declarar que tiene la culpa, una gran culpa que no atinan a aceptar. Pecado que no saben precisamente de que trata ni cual fue el agraviado.
Las cenizas que dejaron los cuerpos en los sepulcros marcan el cataclismo que espera a cada ser humano; aquel polvo de muertos canta las ilusiones que animaron un corazón; ese mismo corazón que se miró trémulo ante la contundente certeza de su desaparición y sinceramente descubrió que el acto más noble de la existencia es morir cuando se espera volver a amar. Una devoción sincera agradece la oportunidad de encontrar un rayito de luz en la vida de los demás, especialmente de aquellos que amamos. Mucha razón hay en golpearse el pecho, por la ceguera y la torpeza de pasar de largo cuando debimos detenernos y preguntar por qué está lastimado aquel hombre. ¡Y es que somos los guardianes de nuestros hermanos y nos importa! ¡No hemos aprendido nada desde Caín, esa es la verdad!
Fermín H, Sandoval fermimnhomero@hotmail.com
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Enviado el Wednesday, 25 February a las 12:52:17 por Ricardo
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