Cochiolco era un pequeño grupo de barrios del noreste guatemalteco, popular debido a los pelotones de plantas cactus que por el lugar abundaban, las arenadas interminables que permitían ver a los vecinos barrios sueltos cada x kilómetros, y las aves rapaces que volaban rozando techo, y de vez en cuando, aterrizaban siniestramente en picada pensando que cualquier civil en media siesta ya había pasado a mejor vida. La línea fronteriza con el vecino país rosaba la vereda de la calle de Benito, chico oriundo del lugar (muy pequeño, quien encogía desde el ceño hasta la quijada para lograr su sonrisa vasta), y quien había nacido con ciertas “falencias físicas”. Se decía de él, que su madurez mental no alcanzaba lo añejo de su vida transcurrida, y que su padre, don Alejandro, apenas terminada sus nupcias, había hecho pacto legal con el mismísimo Crucifer para obtener ciertas habilidades portentosas a la hora de hacer negocios. La contra parte que este había de pagar por el maquiavélico trato era: el donar a su mujer las noches de los sábados de luna llena. Así, cada cercana luna completada, doña Esthela se vestía de llorona color aurora, con una especie de urachaki (pieza de tela que acompaña al anaco por debajo y continúa luego del camisón), sandalias color carne y de joyas plateadas que solían sorprender al visitante. Cuando llegaba la hora, a tercia luz del único poste estaba ubicado a veinte metros de altura para que alumbre a todo el barrio, aquel visitante, casi invisible, llegaba por el balcón de la pequeña casa a recibir su cancelación. Don Alejandro, al presentir el arribo, solía guarecerse en la sala para no incomodar el proceso, se envolvía en cobijas de alpaca para no escuchar horrendos ruidos, y así, finalmente, se dormía rendido de lagrimear y humedecer la alfombra que le hacía de colchón. Bajo las clausulas escritas con humo de Larkboro que don Alejandro acostumbraba preparar, se dictaron y se cumplieron uno a uno los acuerdos pertinentes. El trato estaba casi hecho y consumado, faltaba que cumpla la otra parte...
Pasaron los años y don Alejandro y doña Esthela fueron ensalzados con la llegada de Benito, y aunque su fortuna no había variado en lo mínimo, don Alejandro insistía en vestir de llorona a su mujer cada noche pactada. Después de Benito cumplido los seis años mentales, don Alejandro, al no ver resultados, y ya reventado de tantas alfombras podridas y desperdiciadas en el bote de basura; una noche, decidió acompañar a su esposa y romper el trato. Cuando las ventanas se deslizaron y las cortinas se templaron como haciendo reverencia, don Alejandro prendió fuego a toda la habitación para que así el Crucifer sea visible, se decía que sólo el fuego daba forma a estos visitantes del más allá. Al mismo tiempo, don Alejandro elevó la voz y gritó no desear más el trato. —Conjuro que este día será el último de las visitas de Crucifer. Dejarás en paz a mi familia y nunca más pisarás Cochiolco chilló. Fantasmagóricas carcajadas se precipitaban como eco desde la puerta del balcón, —nada es gratis en esta vida y ni en la otra, dijo la crujiente voz. —Tú me pediste fortuna y yo te la entregué, ¿Acaso no has disfrutado de la hermosa criatura que te he regalado? Cuernos de mis cuernos y huesos de mis huesos, y tu imaginas que esta fue tu creación. Hasta aquí has llegado a ser ensalzado, tus días de contemplar bienandanza quedarán atrás. Así como hoy me has retado, así retarás la vida deambulando sin aterrizar. Tu compañera será la soledad de tu esposa y aprenderás a soportar a mi crío en tu hombro día tras día. Doña Esthela y don Alejandro, suspensos y tarareando en labios, contemplaron desaparecer aquella media visibilidad que la criatura representaba.
En uno de esos veranos crudos y en los que el sol se colocaba al frente como buscando a quien broncear, los huracanes Martínez, Chávez y Morales, sacudieron aquellas difusas poblonadas y barrios de Cochiolco. La emergencia nacional llegó a hacerse oficial hasta en Nepal. Sólo los países que controlaban el sistema climático por medio de satélites especializados pudieron quedar ilesos. Cuando despejado por fin el cielo y disipado el arenal de la zona, se pudo dar paso a buscar a las personas perdidas. Don Alejandro, resguardado entre dos palmeras que habían caído cruzadas formando una guarida, salió en búsqueda de los suyos. La defensa civil removía todos los escombros que había dejado el desastre. No tardaron más de un medio día y Benito era descubierto bajo las últimas decadencias de la iglesia principal. Ileso, sólo desmayado, la columna principal que al caer le había enterrado dos metros al fondo, era levantada y puesta en su lugar para cimentar de nuevo las bases de Cochiolco. Todos los vecinos se preguntaban si Benito resistiría la muralla china toda sobre él. Nadie lo podía responder; pero quedaba la duda. Mientras seguía la búsqueda del resto de habitantes, una de aquellas aves rapaces que pilotaba la frontera con el norte había aterrizado y descubierto una oreja. Era la de doña Esthela, lugareña que había cedido al descontrol de la naturaleza. Ahí yacía enlloronada. Había repuesto una última sonrisa que la vida le dio debido que pudo morir viendo a su hijo. El ultimo en separarse de ella fue Benito, quien no alcanzo a rodearle entre sus brazos pues fue llevado por la tempestad. Don Alejandro y Benito, al verla recostada y deshuesada, dejaron brotar quejidos y lágrimas desde lo más profundo de su universo, habrían de necesitarse algunas docenas de alfombras para suplir el dolor familiar. Definitivamente, ese no era un buen día para la historia de Cochiolco.
Don Alejandro percibiendo tanta desolación interior y exterior, decidió enrumbarse a terrenos más privilegiados. Cruzo hacía la vereda de en frente junto a su Benito y juró nunca más retroceder. Ya en tierra Azteca solicito a un chofer ferroviario que lo cargara hacia el norte por el pago laboral de dos semanas y tres días. El conductor ferroviario aceptó al darse cuenta que había escombros que levantar durante el trayecto al norte. —Está bien, le dijo, —pero no serás el único que trabajará, mientras tu levantas los pinos caídos que dejaron los huracanes, tus hijo fenómeno recogerá los animales que recuestan en las vías. —Eso lo haré yo mismo, dijo don Benito, —mi hijo no llega a comprender más órdenes que las del corazón. —Entonces, dijo el ferroviario, —durante el transcurso no tendrán más comida que para una sola persona. Aquí todos ayudan o no comen.
Faltando apenas siete millas para llegar al país de la nanotecnología, según decían los varios letreros que fueron los únicos en no ceder a los huracanes, don Alejandro yacía en el ultimo vagón flaco y debilucho. La poca de agua que le restaba se la estaba cediendo a Benito, pues había presentado una repentina fiebre tercermundista.
Ya en la parada final, bajaron y don Alejandro discernió que la mejor manera de ingresar al favorecido país era a través de los canales subterráneos de Arizona. Claro, los rumores acerca de estos canales decían que no había sino un único peaje que pertenecía al subgobierno mexicano. Entonces, el peaje sería barato.
Habiendo transcurrido apenas unos cientos de metros por el subsuelo, un bus, que eminentemente era parte del paquete de la transportación, los dejo en San Diego. Don Alejandro, sin un centavo en su bolsillo y con su hijo todo prendido en fiebre, decidió acudir al primer Health Center que alcanzó a ver. Desde luego, en el país de la nanotecnología las traducciones a otros idiomas están a la orden del día. Ya una vez al interior del consultorio, una pantalla y dos brazos robóticos comenzaron a oscultar a Benito. Varios flashes rodearon la escena de: “Benito en su cita médica”, y tomaron varios tipos de fotos y radiografías. Por un conducto, tipo abertura de aspiradora, brotaban los positivos y negativos de aquella sesión. Una voz cibernética pregunto qué cuánto dinero deseaba por aquel cuerpo examinado. Don Alejandro sorprendido no respondió. El presentía que se iba a meter en problemas por no pagar; pero la voz le dejo saber que el estado de California pagaría todos los gastos.
La voz volvió a preguntar por el precio del cuerpo de Benito, pues lo querían para estudiarlo más sigilosamente, don Alejandro afirmó que no estaba en venta. —Suelte a mi hijo, dijo. Entonces el médico resignado comentó —Grandioso, nunca había visto nada igual, qué ciencia tan avanzada. Compuestos de marfil, que resistencia. La humanidad está siendo mejor producida. De pronto, un apagón generalizado dejo en tinieblas a todo San Diego, seguramente los últimos vientos del huracán Morales habían afectado las instalaciones eléctricas de la región sureña.
Don Alejandro aprovechó para salir del lugar con su hijo en brazos. Ahora comprendió la fortaleza y el valor que su criatura tenía. A pesar de que era como un niño que sólo sabía envolver de amor, nunca podría ser herido en sus sentimientos, si un papá no le faltaba. Luego don Alejandro pensó: —jamás lo dejaré en manos de la ciencia. Primero pasarán por mi cadáver para ponerle una mano a Benito. Entonces, don Alejandro llevó a Benito a una estación abandonada del metro, allí se ocultaron, lo abrazó y lo abrigó; su fiebre estaba cesando. De pronto, sirenas y patrullas se escucharon al exterior. Pantallas de publicidad ambulantes exponían que el único niño de marfil en el mundo estaba siendo buscado. La recompensa era de trescientos millones de ciberdólares americanos. Este niño debía ser capturado e investigado, sería un gran avance para la ciencia.
Al término del bullicio publicitario, en la mente de don Alejandro, recorrieron aquellos trescientos millones de dólares de uno a uno. Imaginó que podía dejar rentado a Benito mientras no le hicieran ninguna incisión. Que además, la ciencia debía conocer el origen de la creación de aquellos huesos. El silencio lo contempló durante su delirio. Inmediato, meneó la cabeza… —Absurdo, ¿que está pasándome? ¿Cómo podría vencer día a día mi desierto sin el único ser querido que tengo en la vida? Alzo la mirada y repitió varias veces. Gracias Señor, gracias por esta bendición, nunca lo apartaré de mi lado. Benito es mi felicidad, no es mi garantía económica. Entonces, utilizó un fragmento de tela vieja que encontró en el pasillo, lo cargo con él en su espalda, y comenzó su largo recorrido; se iba empequeñeciendo en aquel largo pasillo de estación de metro urbano mientras anochecía.